Mi Mayor Fracaso


A finales de noviembre, pude entender el significado de la palabra “fracaso”. Ya lo veía venir, pero por alguna razón, aun así, me sentí demasiado decepcionada de mí misma. Es ese sentimiento bastante extraño, cuando sientes un vacío en el pecho, el cual no importa cuánto intentes ignorarlo o superarlo… simplemente no puedes, es demasiado frustrante. ¡Nunca me dijeron que una novela podía ser cancelada solo porque el personaje principal fuera mujer! Es algo muy tonto y me parece tan… injusto.

 

—“Se supone que debe ser una historia realista, señorita Venner”—dijo Luis, oh, ese viejo amargado que siempre me lleva la mala, sí, ese mismo que tiene un acento británico tan irritante—“Es realista, solo dice eso porque no tiene el final que USTED quiere”.

 

Él me interrumpió, siendo súper grosero…—“Ya tomé mi decisión, por favor, retírese…”. Agarré mis cosas con desagrado y me fui de mala gana. Ese lugar huele a pura miseria. La gente en la calle me miraba mal, sentía sus miradas juzgándome a mí y a mi apariencia desaliñada, parecía una vagabunda. Todo por culpa de Luis, maldito gordo, con una sola palabra me mandó a la miseria a mí también…

 

Empecé a estresarme cada vez más y más. Tenía que ir a una entrevista con mi posible futuro marido en una hora. Tenía que caminar unos veinte minutos hacia su casa. En ese momento tenía todo menos paciencia. Di un suspiro y me peiné un poco mi cabello con mis manos desarregladas. Agarré mis llaves y entré a mi casa, a mi hermosa y polvorienta casita. Inmediatamente me di cuenta de la hora, eran las ocho y media de la mañana. Bueno, al menos tenía unos treinta minutos para intentar arreglar mi nido de pájaros. Era obvio mi nerviosismo por no agradarle a mi prometido, bueno, supuesto prometido…

 

A las nueve de la mañana, caminaba extremadamente nerviosa por el jardín de la espléndida casa de mi supuesto prometido. Mientras esperaba, observaba las rosas del jardín, todas blancas y puras… Quisiera ser como ellas. Entonces fue cuando escuché pasos acercándose a mí. Vi que no era mi prometido, era ese idiota de William, ¿este… inspector? No lo sé. —“¿Tú eres esa tal Velvet? ¿La vagabunda, no?”—preguntó. A pesar de su voz y forma de actuar, eso fue muy grosero. —“Sí, y de hecho, es Venner…”. Él me interrumpió, Dios, ¿¡por qué todos me interrumpen hoy?! —“Gracias por venir, pero el señorito ya tiene una prometida más… a sus estándares. Le pido que se retire…”. Me congelé, como una piedra. ¿Perdón? ¿Escuché bien? ¡¿Para qué me dijeron que viniera entonces?! —“N-no! ¡¿Cómo siquiera piensas en decirme eso?!”. Él me volvió a interrumpir, qué fastidio de persona. —“Le pido que se haga un favor también a usted y se RETIRE AHORA MISMO…”.

 

Salí de ahí, ya estaba harta de este asqueroso día. Suspiré, nada podría salir peor. Saldría de esta, no tenía que preocuparme. Alcé la mirada a mi casa, vi todas mis cosas afuera, incluida Bárbara, mi linda mascota… al menos le dejaron algo de agua y comida esos degenerados. Miré la puerta, se me había olvidado pagar por la casa… Suspiré de nuevo, me senté junto a Bárbara. Mis libros no daban ni un centavo, así que era de esperarse. Acaricié a Bárbara, mirándola con tristeza mientras ella estaba tranquila y feliz. Ella no tenía idea del fracaso que era…


By: Helen Mendoza.

Sexto


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